San Miguel de Lillo. El templo de los cimientos de juguete. Oviedo

San Miguel de Lillo es iglesia vieja -está por ver cuán vieja- y con historia plena de avatares. Cuando hace casi dos años (enero de 2009) LA NUEVA ESPAÑA ponía a la sociedad asturiana en alerta con un reportaje en el que se denunciaba, con amplio aporte gráfico, que el monumento estaba «al borde de la ruina», tan sólo era un capítulo más en una relación histórica de sucesos que incluye dos derrumbes parciales del edificio: uno probablemente en el siglo XI y otro en el XVIII. En la primera mitad del siglo siguiente (1838) el templo fue cerrado ante el peligro de ruina «y el estado de indecencia». La cosa, como se ve, viene de antiguo.
Aquella situación generó pocos años más tarde el primer plan conocido de rehabilitación de la joya prerrománica. Lo pagó la gente, a escote, como muestra de que los edificios del Prerrománico eran sentidos en el XIX como algo propio. El plan estuvo a cargo de la Comisión Provincial de Monumentos.
 Los trabajos siguieron al pie de la letra las instrucciones del político y asturianista José Caveda y Nava: seguridad, techumbre, desagües y, sobre todo, guerra a unos cuantos edificios anexos que el tiempo, las necesidades y la ignorancia habían hecho crecer alrededor de la maravillosa silueta de San Miguel.
 De 1847, poco tiempo antes del inicio de la restauración, queda una serie de dibujos de José María Avrial que nos presenta un San Miguel de Lillo horroroso, encerrado entre añadidos y con el interior convertido poco menos que en un solar (Avrial le ponía imaginación al asunto, por lo que se puede sospechar que la situación no podía ser tan penosa. O sí).
 Los trabajos se iniciaron en 1850, con un presupuesto de 14.000 reales. De aquella restauración, que duró más de tres años, quedó un templo con estética muy parecida a la actual.
 En 1868, el año de la revolución que derrocó a Isabel II, se abordan nuevas obras de restauración. En 1885, San Miguel de Lillo fue declarado monumento nacional, y de aquella época nos llegan las primeras fotografías de San Miguel.
 Las dudas sobre la planta original de San Miguel generaron al menos tres proyectos de restauración profunda en la primera década del siglo XX, una de ellas patrocinada por Fortunato Selgas. En 1916 hubo excavaciones arqueológicas a cargo de Aurelio de Llano Roza, trabajos que dieron origen a nuevos proyectos de restauraciones ideales, una de ellas del propio arqueólogo.
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Entre tanta aventura resulta extraño que San Miguel de Lillo haya salido (casi) indemne de la Revolución de 1934 y de la Guerra Civil, en un entorno -en este último caso- de especial actividad bélica.
 En la década de los cincuenta el arquitecto Luis Menéndez-Pidal consolidó pinturas. Un decreto de 1955 declara al área del Naranco zona protegida, lo que reducía considerablemente las posibilidades de construcción de edificios inapropiados en el entorno de la iglesia.
 En 1961 y 1965 hay nuevos proyectos de restauración a cargo de Menéndez-Pidal, que afectan a cubiertas y fachadas. De esos años hay fotos que incluyen el enorme portalón de madera que se mantuvo, según se comprueba en distintos dibujos, a lo largo de siglos.
 En la década de los setenta se documentan dos restauraciones parciales. La primera, a cargo de José Menéndez-Pidal, heredero del espíritu rehabilitador de su hermano Luis, ya fallecido por aquella época. La segunda, en 1979 por el arquitecto José Rivas.
En realidad, la etapa democrática está trufada de operaciones más o menos ambiciosas en torno a San Miguel de Lillo. En 1986, por ejemplo, es aprobado el plan de conservación del patrimonio asturiano, que incluye, lógicamente» ficha de San Miguel. El levantamiento planimétrico a cargo de Lorenzo Arias data de un año después. En 1987 la restauradora Clara Fanjul estudia el estado de las pinturas murales y su informe enciende todas las luces rojas.
 Las excavaciones arqueológicas de 1989 y 1990 demuestran, entre otras cosas, que San Miguel tiene una profundidad mínima de cimentación, apenas medio metro. Está en pie de milagro. La gran obra de restauración se inició en 1990, a cargo de Fernando Nanclares. El ambicioso plan director del Prerrománico, estatal, data de 2005 y duerme el sueño de los justos.

http://www.lne.es/

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